Un bocado del tamaño adecuado a un mastín, con su acompañamiento de patatas propio de un caballero de la mesa redonda y un buen trozo de tarta de café... una porción digna de cinco invitados más. Era una ración para Scarlett O'Hara.
Susan Myrick le contaba a Margaret Mitchell cómo se presentaba el plato para la estrella y la decisión que podía tomar como asesora: o bien se dejaba llevar por la carcajada que se veía obligada a contener o abandonaba el estudio donde se pretendía filmar (y había rogado al aporte la reducción de la mitad del hueso y del filete que se presentaba, por no hablar de la mitad del acompañamiento).
Se decidió por quedarse. Myrick esparaba que detener una buena sesión de errores contribuyera a minimizar el número de fallos que no veía o no podía aplazar en la pantalla. Y no dejaba de esperar la cantidad de fallos que no podía detener.








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