La NBC, previo pago de unos diez millones de dólares, obtuvo en 1974 los derechos para emitir Lo que el viento se llevó por televisión; dos años después GWTW llegaba, por fin, a la pequeña pantalla, la última de las grandes películas clásicas en hacerlo.
Aunque la cadena HBO de televisión por cable se había adelantado unos meses, pues emitió Gone With the Wind en junio, la exhibición de noviembre de 1976 tuvo carácter de estreno; el único precio que habían de pagar los espectadores en esta ocasión eran las pausas publicitarias, todas ellas un “minuto de oro” en sí mismas, pues se hablaba de una audiencia estimada de 110 millones de personas, casi tantas como las que habían pasado por taquilla desde 1939 para ver las aventuras de Escarlata O’Hara.
Los 87 minutos que sumaban los cortes para publicidad llevaron a Olivia de Havilland a tomar la decisión de no hacer la presentación de la película, como estaba previsto en un principio. No sólo porque ello añadiría más tiempo a la emisión, sino porque consideraba que esa no era la mejor manera de disfrutar de GWTW.
La película todavía estaba en las salas de cine y los exhibidores clamaron como tía Pitty “¡Es el fin del mundo!” y se apresuraron a anunciar en la prensa que los aficionados todavía estaban a tiempo de ver Lo que el viento se llevó “por última vez sin cortes y sin interrupciones”...
Ese pase en dos partes, en las noches del domingo 7 y del lunes 8, obtuvo la mayor audiencia contablizada hasta entonces en Estados Unidos y fue el programa más visto esa temporada. Casi 34 millones de hogares sintonizaron esos dos días la NBC. Todavía sigue entre los diez programas más vistos de la historia, junto con el último episodio de la serie M.A.S.H., varias finales de la Liga de Fútbol Americano (NFL), el episodio en el que cierta cuñada se porta muy mal con cierto petrolero tejano en Dallas, la retransmisión del programa corto de patinaje artístico de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994 (nadie quiso perderse en qué quedaba el asunto entre Tonya Harding y Nancy Kerrigan), y la Parte 8 de Raíces.
viernes, 7 de noviembre de 2008
La película "más grande" llega a la "pequeña pantalla"
jueves, 6 de noviembre de 2008
"Bonnie Blue Flag"
Bonnie Blue Flag es una canción compuesta en 1861 para conmemorar el momento en que se izó, en Montgomery, Alabama, la bandera de la estrella blanca sobre fondo azul tras la elección de Jefferson Davis como presidente de la Confederación, que reunía a varios estados recién separados de la Unión.
No fue la bandera oficial de la Confederación, pero siempre tuvo un lugar preeminente en los corazones de los sudistas, y la canción competía con Dixie en popularidad a la hora de mostrar su patriotismo, hasta el punto de que el general Butler (de la Unión), al mando de las fuerzas que ocupaban Nueva Orleáns, prohibió que se cantara o se tocara siquiera.
Es una composición del irlandés Harry Macarthy, que recogió el saludo de los delegados presentes en aquel momento: “Hurrah for the Bonnie Blue Flag!” y lo convirtió en parte esencial de la letra de su canción; para la música se inspiró en una tonada irlandesa, The Irish Jaunting Car:
"We are a band of brothers and native to the soil
Fighting for our Liberty, With treasure, blood and toil
And when our rights were threatened, the cry rose near and far
Hurrah for the Bonnie Blue Flag that bears a single star!..."
("Somo un grupo de hermanos nacidos de la tierra,
luchando por nuestra libertad, con riquezas, sangre y trabajo,
y cuando nuestros derechos están amenazados, el grito se alza por todas partes
¡Hurra por la Bella Bandera Azul, que lleva una estrella solitaria!...")
En la banda sonora de Lo que el viento se llevó Steiner utiliza la canción en el momento en que Ashley llega de permiso, el medley que acompaña a Escarlata entre los heridos en la estación y durante la estancia de Rhett y su hija en Londres (recordemos que la niña es conocida por todos como Bonnie, porque sus ojos eran azules “como la bella Bandera Azul”).
Margaret Mitchell también incluye Bonnie Blue Flag en la novela, en un emocionante instante en el bazar, y hace referencia a que cantarla tras la guerra era considerado por parte del gobierno militar como una ofensa cercana a la traición.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Vivien Leigh, Scarlett O'Hara
Es difícil, muy difícil, escribir a estas alturas algo original sobre la vida personal y profesional de Vivien Leigh, nacida Vivian Mary Hartley el 5 de noviembre de 1913.
Una de las mujeres más hermosas que han hollado el planeta (aunque odiaba que se lo dijeran) y una actriz excepcional, ha dado pie a numerosas biografías, ya sea en el tradicional formato de libro o, desde hace unos años, en la red de redes. Por eso las siguientes líneas, en honor del cumpleaños de la actriz protagonista de Lo que el viento se llevó, deben tomarse sólo como un apunte, un indicativo, porque también es imposible encerrar en una entrada de proporciones cómodas todo lo que se sabe, o incluso lo que se desconoce, sobre ella.
Nació en Darjeeling, en la India, de padres ingleses, y allí pasó sus primeros años. No volvió al lugar que la vio nacer hasta mucho después, ya que muy pronto se la envió a Europa, interna en un convento; allí le confesó a una de sus condiscípulas, otra irlandesa inolvidable y futura candidata a interpretar a Melania Hamilton, Maureen O’Sullivan, que su ambición era llegar a convertirse en una gran actriz.
Tras un periplo por Europa, como era costumbre para rematar la educación de las señoritas con posibles por aquellos años, empezó a estudiar arte dramático y su proyecto no se vio interrumpido por su matrimonio con el abogado Herbert Leigh Holman y el nacimiento de su única hija, Suzanne.
Los pequeños papeles en el cine no parecían llevarla a ninguna parte, y tampoco su debut en el teatro auguraba un éxito inmediato, pero The Mask of Virtue la catapultó de la oscuridad a la fama en una sola noche.
El productor Alexander Korda la puso bajo contrato y su protección personal; Vivien tuvo oportunidad de admirar a su contrapartida masculina, Laurence Olivier, que era el ídolo del momento. La atracción entre ambos fue mutua casi desde el instante en que se conocieron, se confirmó durante el rodaje de Fire Over England y, cuando ambos interpretaban Hamlet en Dinamarca decididieron comunicar a sus respectivos cónyuges que pretendían casarse en cuanto fuera posible… que fue en 1940.
Olivier tenía que viajar a Estados Unidos a finales de 1938 para interpretar a Heathcliff en Cumbres Borrascosas; Vivien tenía compromisos que le impedían ir con él, pero desde que había leído Lo que el viento se llevó, casi dos años atrás, se había fijado la meta de interpretar a Escarlata, así que decidió ir a visitar a Olivier y aprovechar el momento, sabiendo que Selznick aún no había adjudicado el papel. El resto es materia de historia y de leyenda.
Su corazón, aparte de por Olivier, estaba ocupado por el teatro, y sus apariciones en la pantalla plateada fueron comparativamente escasas, pero inolvidables, como lo fueron para los afortunados espectadores sus papeles en las tablas, donde demostró sin lugar a dudas que podía estar a la altura de un coloso como Olivier.
Su película favorita de entre las suyas era la segunda que rodó en América, Waterloo Bridge (El puento de Waterloo, 1940), una elección inesperada, pero comprensible: Escarlata, como persona, no le gustaba, pero sí era un papel por el que valía la pena mover cielo y tierra; su Ana Karenina queda ensombrecida por la de Garbo; su joven Cleopatra le haría recordar la pérdida del hijo que esperaba; Blanche, su segundo Premio de la Academia y pariente no muy lejana de Escarlata, estaba peligrosamente cerca en sus desvaríos del trastorno bipolar que aquejó a Vivien durante gran parte de su vida… y que pesó mucho en el deterioro de su matrimonio.
Olivier volvió a casarse, y Vivien “aprendió a estar sola” con su compañero de sus últimos años, el actor John Merivale, sin rebajar por ello ni un ápice su adoración por Larry.
La muerte le llegó demasiado pronto, porque estaba llena de proyectos y dispuesta a luchar, como lo había hecho durante años contra todos los obstáculos que se le presentaban. La tuberculosis se la llevó en 1967. Sus cenizas se esparcieron por el lago cercano a su casa en Sussex.
martes, 4 de noviembre de 2008
A la caza del gazapo (XXI)
Cuestión de centímetros, nada más, y sólo la delatora luz del interior de la habitación nos indica que hay un fallo de continuidad en el momento en que Escarlata descubre que ha perdido algo muy importante.
Acaba de regresar a Tara tras un viaje proceloso y Mammy da un parte informativo lleno de desgracias. La buena mujer apenas se atreve a comunicar la más grave para Escarlata, y sólo puede indicarle con la mirada que tras una puerta encontrará la respuesta a sus angustiosas preguntas.
Vemos que la puerta está abierta al menos un palmo y un rayo de luz se cuela por la abertura; Escarlata se vuelve entonces para entrar y, cuando se acerca a la puerta… está aún abierta, pero apenas unos milímetros y sin que podamos ver la luz del interior, sin que nadie (y mucho menos la persona que está dentro del salón de Tara) haya podido tocarla.
lunes, 3 de noviembre de 2008
El vestido del éxodo
Antes de que el vestido de percal cobre total protagonismo en Lo que el viento se llevó, Escarlata aún tiene tiempo de enseñarnos un modelo más, durante las escenas del hospital con el caso de amputación, su salida apresurada para toparse con la ciudadanía de Atlanta en pleno éxodo y la providencial aparición de Rhett para llevarla a salvo a casa de tía Pitty, que pronto abandona la ciudad para desesperación de su sobrina política.
Es otra creación memorable de Plunkett, sobre todo porque no podemos apartar los ojos de esa falda que se mueve en medio del pánico y que luego se engancha en el carro y estropea la digna salida de su portadora, para regocijo de Butler.
No hemos de olvidar que, aún en esa época, las señoras todavía llevaban miriñaque y, por supuesto, las actrices tenían no sólo que moverse con elegancia y habilidad con un accesorio al que probablemente no estaban acostumbradas, sino que por orden de Selznick, llevaban la ropa interior correspondiente. Trabajar de esa guisa, bajo los focos que requería el Technicolor y en la siempre templada California, debió de ser algo comparable a los calores que experimentaron Escarlata y los suyos en aquel verano de la Atlanta sitiada.
El modelo de estas secuencias se compone de una falda de muselina gris claro con estampado gris oscuro, con una ancha banda granate cerca del borde inferior. En la cintura lleva una banda de muselina blanca. La parte superior es de muselina beis, con botones castaño oscuro por delante; las mangas son largas y estrechas, de la misma tela que la parte superior del vestido.
Durante parte de estas escenas Escarlata se cubre con un delantal blanco, y lleva un sombrerito de paja y tafetán negro en la mano.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Sydney Guilaroff, peinados de Escarlata
De Louise Brooks a Liza Minnelli, de Judy Garland a Ann Margret, casi todas las estrellas femeninas de Hollywood en un período de 50 años pasaron por las manos de Sydney Guilaroff.
Este legendario peluquero fue el responsable de las trenzas de Dorothy, los tocados de María Antonieta, del corte de pelo de Rosemary para Mia Farrow y del de María para Ingrid Bergman, de que Lucille Ball sea recordada como pelirroja… También los caballeros se sentaron en su sillón, pero es por las actrices a las que peinó, escuchó y aconsejó por lo que Guilaroff es un nombre imprescindible a la hora de citar a los creadores de estilo.
Si bien la mayoría de las fuentes consultadas reducen su aportación al peinado de Vivien Leigh en la primera toma de la primera secuencia, Guilaroff mismo contaba que la actriz no se sentía totalmente a gusto con algunos de los peinados que el equipo de Lo que el viento se llevó había pensado para ella y se puso en contacto con el famoso peluquero, puntal del departamento en la MGM. Sydney, en su tiempo libre, se dedicó a crear diseños acordes con los numerosos cambios de vestuario de Escarlata, que luego fotografió y pasó a los profesionales de la Selznick International para que trabajaran sobre ellos.
En esta ocasión, como en otras muchas, Guilaroff no recibió crédito. Los peluqueros tardaron bastante en ver sus nombres en los títulos y Sydney fue el primero en obtener ese reconocimiento, aunque no sería de forma continua, por conflictos con el sindicato y con Mayer.
Sydney Guilaroff nació el 2 de noviembre de 1907 en Londres, de familia rusa, y creció en Canadá. Empezó en el oficio de la peluquería en Nueva York, desde abajo, ya que era un chiquillo sin dinero que había tenido que abandonar sus sueños de convertirse en arquitecto; de trabajar para otros aprendiendo todo lo que hay que saber, pasó a tener su propio salón. Una de sus clientes fue Louise Brooks, aunque él no lo supo hasta que vio su peinado en la pantalla y el buen recibimiento que tuvo. Le había cobrado 1 dólar y medio por la sesión.
Los elogios de Claudette Colbert, entonces en el teatro, y a la que Guilaroff dio su tocado característico, hicieron conocido su nombre en la Gran Manzana, pero fue Joan Crawford la responsable de su llegada a Hollywood: Mayer se hartó de los numerosos viajes de Joan a través del país para que Sydney se ocupara de sus cabellos y decidió que era más productivo que el peluquero se asentara en California.
Además de por sus creaciones, Guilaroff hizo historia al convertirse, en 1938, en el primer soltero al que se le permitía adoptar un niño y, según cuenta en su autobiografía Crowning Glory: Reflections of Hollywood’s Favorite Confidant, fue algo más que el confidente de Ava Gardner y Greta Garbo y estuvo con Marilyn en su última noche.
El libro, que se publicó pocos meses antes de su muerte en 1997, no traiciona del todo la confianza que las estrellas habían puesto en Sydney, porque sus “revelaciones” son pocas y anecdóticas, pero no deja de ser una lectura entretenida si la tomamos con las acostumbradas precauciones (el proverbial “grano de sal” de los angloparlantes) que deben estar siempre presentes cuando se trata de una autobiografía.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Lista de bajas (IV)
Trece años después de la publicación de la novela y con la película celebrando su primera década, 1949 fue, sin duda, un annus horribilis en el lo que respecta a muertes relacionadas con Lo que el viento se llevó: la autora del libro y dos de los directores encabezan la lista, pero también se fueron varios secundarios de lujo y el equipo técnico se vio asímismo disminuido:
1949:
Luke Cosgrave, 87. (El director de la banda en la “lista de bajas”)
Harry Davenport, 83 (El doctor Meade). Ataque cardíaco.
Earl Dobbins, 38. (Doble de Gerald) Herida de arma blanca.
Victor Fleming, 60. (Director). Ataque al corazón.
Howard Hickman, 69. (John Wilkes). Ataque al corazón.
Mason Litson, 70. (Encargado de localizar y preparar el rodaje en exteriores).
Margaret Mitchell, casi 49. Accidente de tráfico.
William Stack, 67. (El pastor en hospital)
Oscar Polk, 50. (Pork, el mayordomo de Tara).
William J. Scully, 60. (En el equipo de producción).
Sam Wood, 66. (Director). Ataque cardíaco.







