El vendaval de muertes en 1949 entre las personas relacionadas con Lo que el viento se llevó se atenuó en los tres años siguientes, pero siguió habiendo pérdidas, todas ellas importantes:
1950:
Lillian K. Deighton, 69. (Departamento de documentación)
Vincent Farrar, 45. (Operador de cámara) Cáncer.
Dan Sayre Groesbeck, 71. (Ilustraciones de los programas originales)
1951:
Robert Elliott, 72. (El comandante yanqui, en la cárcel)
Val Lewton, 47. (Departamento de guiones). Ataque al corazón.
1952:
Oliver H.P. Garrett, 58. (Guión)
Al Kunde, 65. (Soldado en la huida de Atlanta)
Hattie McDaniel, 60. (Mammy) Cáncer.
George Reed, 86. (Cochero de la abuela Tarleton; sus planos fueron suprimidos)
John Robert Marsh, 57. (Segundo marido de Margaret Mitchell) Ataque cardíaco.
viernes, 14 de noviembre de 2008
Lista de bajas (V)
jueves, 13 de noviembre de 2008
Privilegios del socio capitalista
Nada como ser uno de los principales inversores en la Selznick International Pictures para tener acceso prioritario a las películas recién salidas del laboratorio.
Jock Whitney hizo uso de su privilegio como apoyo financiero de Selznick y, además de estar presente en el primer pase sorpresa, presentó Lo que el viento se llevó a sus socios capitalistas antes del estreno formal en un marco decididamente adecuado: una plantación en Georgia, Melhana (también conocida por su nombre original, Coalson).
GWTW se acercaba a Atlanta…
Esta proyección privada, mitad por motivos de negocios y mitad por razones sociales, tuvo lugar en el teatro de la propiedad, bautizado The Showboat y que se inspiraba en el escenario del famoso musical de Broadway basado en la novela de Edna Ferber y con música de Jerome Kern. Era el teatro más cercano a la propiedad de la familia de Whitney, Greenwood, y allí citó a unas 40 personas.
Hoy Melhana es un complejo hotelero, pero combina todo el sabor del Sur con las comodidades de la vida moderna.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
No vale hacer trampas
Stephen J. Spignesi, publicó en 1993 todo un volumen dedicado a Lo que el viento se llevó en forma de preguntas y respuestas sobre el libro y la película (se incluye también Scarlett): The Official Gone With the Wind Companion: The Authorized Collection of Quizzes, Trivia, Photos- And More.
Como su propio título indica, el libro pone a prueba los conocimientos del lector sobre GWTW a través de cuestionarios centrados en diferentes aspectos de la obra de Margaret Mitchell y la película de la Selznick International, con casi dos mil interrogantes, algunos de los cuales capaces de dejar en evidencia al más curtido de los Windies, desde lo más básico hasta ese detalle que probablemente se nos ha escapado. Por suerte, se incluyen las respuestas, para que nadie se sienta frustrado.
Informa y entretiene y, además, cuenta con la aprobación de los “guardianes” de Lo que el viento se llevó, los herederos de Margaret Mitchell y Turner Entertainment…
martes, 11 de noviembre de 2008
Termina el rodaje, sigue el montaje
Los últimos planos de Lo que el viento se llevó que se rodaron estuvieron a cargo de Eric Stacey, el 11 de noviembre de 1938, a poco más de un mes de la fecha prevista para el estreno de la película.
En este sábado, en medio de una guerra y en el día en que se conmemora en Estados Unidos a los veteranos de todas las guerras y que es el aniversario del fin de las hostilidades en la Primera Guerra Mundial, las tomas de última hora tenían también contenido bélico.
El añadido tardío, tras los dos pases sorpresa, el interminable montaje, los retoques y el trabajo de laboratorio, fueron los planos de la secuencia de “la lista de bajas”, con la esposa del director de la banda y éste mismo al recibir noticias de la batalla de Gettysburg.
En GWTW no vemos ninguna batalla, pero notamos muy bien sus efectos: el triunfalismo y la alegría del bazar, los negativos presentimientos de Ashley de permiso, el golpe brutal de este enfrentamiento, que costó unas 25.000 vidas a los Confederados y casi otras tantas a las filas de la Unión, los cientos de soldados heridos o agonizantes en la estación a medida que las batallas se sucedían…
Al personalizar la pérdida en imágenes como estas, con la pareja de ancianos desolada por la desgracia, el espectador se percata mucho mejor del significado de la batalla (y el productor se ahorra el coste de escenificarla) y del pundonor de los que no combatían: en lugar de abandonar su puesto, el director ordena a la banda que toque Dixie.
Con este triste colofón, que pertenece a la parte central del largometraje, se terminaba el rodaje de Gone With the Wind, pero no el trabajo: Hal Kern tendría que arrebatarle literalmente la película de las manos a Selznick para que pudiera procesarse y, aún así, echaron de menos más tiempo para pulir algunos detalles.
El viaje de Escarlata de Atlanta a Tara es un buen símil para describir el proceso que se iniciara en enero de 1939 (o incluso en el verano de 1936, con la compra de los derechos): al término del camino, en la antesala del estreno, ¿estaría Tara todavía en pie? ¿Habría resistido la película todas las pequeñas batallas y los variados huracanes?
lunes, 10 de noviembre de 2008
La respuesta está en el viento
Hace un par de días mencionábamos que una de las preguntas con las que completos desconocidos asaltaban a Margaret Mitchell era la cuestión del futuro de los señores Butler.
El final, uno de los mayores atractivos de Lo que el viento se llevó, dejaba abierta la puerta a muchas posibilidades y a que cada lector se imaginara la historia subsiguiente de Escarlata y Rhett. Pero al ser humano, por mucho que le emocione la incertidumbre, le gusta también atar los cabos sueltos, y nadie mejor que la creadora de los personajes para dar una respuesta definitiva a las conjeturas…
Pero Mitchell nunca se pronunció en público y oficialmente, argumentando que no tenía ni idea de lo que podía haberles sucedido a Rhett y a Escarlata una vez que uno salió de la mansión y la otra tomó la decisión de volver a Tara, pero esperaba que el lector sacara sus propias conclusiones tras haber acompañado a dos personas de carácter tan definido durante más de mil páginas, si es que había sabido plasmar bien sus idiosincrasias.
De manera oficiosa, sí encontramos una referencia de la escritora a la hipotética suerte de sus personajes: “I think that she gets him at the end”, le confió a Harold Latham en 1935, aventurando así una eventual reunión de los dos protagonistas de la novela, con el matiz añadido de que es Escarlata la que consigue que su marido regrese a su lado, como se propone en las últimas líneas del libro.
Cuando se estaba preparando la película, que al fin y al cabo es un medio diferente al libro, Selznick meditó considerablemente el asunto del final. Como sabemos, optó por conservar el espíritu de la novela, pero inclinando la balanza hacia el optimismo, al mostrar a Escarlata de vuelta en Tara y sin duda planeando ya cómo atraer al desencantado Rhett. Pero antes de tomar esa decisión la MGM cubrió todos los campos posibles y encargó al escritor Bradbury Foote un guión con final feliz para Gone With the Wind…
Muchos años después, a punto de meterse de nuevo en la piel de Blanche Dubois para el rodaje de Un tranvía llamado deseo, Vivien Leigh daba su opinión sobre los últimos movimientos de Escarlata: “Probablemente llegó a ser mejor persona, pero no creo que consiguiera que Rhett volviese”.
Imaginemos que no existen ni Scarlett ni ninguna de las secuelas oficiales o no autorizadas… ¿Logró Escarlata atraer a Rhett de nuevo? ¿Fue él el que hizo brotar otra vez el fuego de la pasión con estudiada indiferencia? ¿Se encontraron tal vez a mitad de camino? ¿Jamás volvieron a verse?...
domingo, 9 de noviembre de 2008
El bloqueo de Barton
Seguimos con las películas ambientadas en el mundo del cine, pues son una mina casi inagotable donde la veta de Lo que el viento se llevó suele estar presente sin necesidad de excavar demasiado.
En Barton Fink (Barton Fink, 1991) el protagonista, un autor de teatro que acaba de triunfar con una obra “comprometida” es tentado por Hollywood. Su primer cometido es escribir una película sobre lucha libre, un tema que no le puede ser más ajeno, como le sucedió realmente al sureño Faulkner. Cuando le llaman a la oficina del productor, Fink no ha adelantado mucho:
“-¿Qué tienes para mí?
-Verá… yo…
-La película de Beery. ¿Por dónde andas?
-Es que… me está costando un poco arracnar.
-¿Arrancar? ¿”Arrancar”, has dicho? ¿Todavía no tienes nada?
-No mucho.
-¿Qué coño crees que es? ¿Hamlet? ¿Lo que el viento se llevó? ¿Cumbres borrascosas [Ruggles of Red Gap (Nobleza obliga, 1935), en el original]? ¡Es una puta película de serie B! ¡Hombretones en leotardos!...”
La pesadilla está a punto de empezar para Barton, y no precisamente por su problema con los hombretones en leotardos…
sábado, 8 de noviembre de 2008
Un secreto difícil de guardar
Margaret Mitchell sentía pasión por la exactitud, sobre todo desde el momento en que supo que su novela iba a publicarse y su famila, amigos, conocidos y miles de personas en Georgia iban a examinar con ojos críticos todo lo que se relacionara con fechas, lugares, batallas, vestidos, comidas, acentos… y que apareciera en Lo que el viento se llevó.
No quería que la pillaran en un error y, aunque había realizado una exhaustiva investigación mientras escribía su libro, redobló sus esfuerzos para que en la revisión no se le escapara ningún gazapo. Con GWTW ya publicado, no tuvo reparo en contestar, enumerando fuentes, aquellas preguntas que ponían en duda tal o cual detalle que había incluido y que al corresponsal o crítico le parecían equivocados.
Por eso resulta más chocante, aunque en cierta manera comprensible, el empeño de Mitchell en ocultar su edad al público, cuando cualquiera podía preguntar en Atlanta y probablemente obtener la fecha sin mayores complicaciones. La autora de Lo que el viento se llevó nació el 8 de noviembre de 1900, pero no le gustaba confesarlo ni que nadie lo mencionara. En su boda se quitó dos años y sustrajo casi 8 de su edad real cuando se sacó el carné de conducir.
Fuera por coquetería o por su intenso deseo de que respetaran su intimidad, esta insistencia en guardar el secreto parece un vano intento, comparado con lo que le cayó encima a partir de 1936, cuando se publicó Gone With The Wind. Hasta entonces era conocida en Atlanta como la hija de los Mitchell, como reportera y como aquella jovencita que había escandalizado a la ciudad en un baile con una danza apache de lo más provocativa. Lo normal para la época…
Pero la excepcional fama que le reportó su novela llevó consigo una parte menos agradable que Margaret soportó muchas veces con la proverbial simpatía sureña, pero también con algún que otro portazo.
La gente la asediaba por la calle, en su casa, por carta, por teléfono, en los establecimientos comerciales a los que pronto tuvo que dejar de ir, en los actos sociales… querían saber dónde estaba Tara, quién había sido su modelo para Escarlata, si Rhett y su todavía esposa volverían a reunirse alguna vez, sus actores favoritos para la película, recomendaciones para obtener un papel, detalles íntimos sobre Margaret y su familia, autógrafos, fotografías dedicadas, artículos periodísticos, conferencias, bautizos de barcos de guerra, donaciones, contribuciones, firma de libros… un alud inacabable de peticiones de lo más variopinto que acabaron por sobrepasar en más de una ocasión a la diminuta Margaret.
Sus precauciones en cuanto a salvaguardar su edad verdadera también tuvieron un curioso resultado: muchos de los lectores tenían la impresión de que la persona que había escrito Lo que el viento se llevó había vivido realmente en la época en que estaba ambientada la novela y por lo tanto se imaginaban que Margaret tenía, por lo menos, 70 años.
