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lunes, 15 de mayo de 2023

Desde el otro lado del Atlántico

     En “Chica de campo", autobiografía de la irlandesa Edna O’Brien, publicada en 1960,  encontramos en la página 139:

  “Cuando a Myles le preguntaban si se parecía a [James] Joyce, decía que “nada podría estar más lejos de Detroit” y que Finnegans Wake era una “billetera de ropa interior literaria”. Junto con Lo que el viento se llevó, era el único libro que había empezado cinco veces sin ser capaz de acabarlo.”

lunes, 1 de abril de 2013

Tara y otros toques en Irlanda

Una entrada reciente nos recuerda el más reciente pasado de los O'Hara: la tierra de Irlanda, en Europa, que no deja de estar presente en la vida de Scarlett de diferentes maneras.

domingo, 14 de junio de 2009

Antes de Tara

Aunque no podamos imaginarnos la plantación de los O’Hara con otro nombre que no sea Tara, lo cierto es que Margaret Mitchell había optado por otra denominación en un principio.

Fontenoy Hall tiene también un eco irlandés, pero más cercano en el tiempo que la ancestral colina, y quizás la escritora pensó que sonaba demasiado ampuloso para la poco geométrica casa que habían construido los esclavos a las órdenes de Gerald.

Como apunta O’Connell, la palabra Tara remite casi de inmediato al poema de Moore The Harp that Once Through Tara's Halls, por lo que "Hall" estaría implícito, y así se asemeja también a los nombres de las plantaciones cercanas, también de un solo vocablo (exceptuando Doce Robles).






Fontenoy es un nombre de grato recuerdo para los irlandeses, pues en 1745, en esta localidad de lo que hoy es Bélgica, los ingleses cayeron derrotados por las tropas francesas, apoyadas por las brigadas irlandesas (que se habían unido a la lucha después de que los ingleses rompieran el tratado de Limerick y pusieran en vigor duras leyes sobre la población de la isla).





La batalla pertenece a la Guerra de Sucesión Austríaca y las hostilidades habían surgido por la pretensión de reconocer a María Teresa como emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico, pero ya se sabe que “cuando las guerras acaban, nadie sabe lo que las motivó”…

Los irlandeses se distinguieron en la batalla y el propio rey de Francia reconoció su valor y su apoyo. El grito “¡Recordad Fontenoy!” se oyó a menudo desde entonces; el galés Thomas Davis escribió un poema con ese título y también sonó en la Guerra Civil, pues lo adoptó la Brigada Irlandesa, formada a partir del famoso regimiento 69º de la Milicia de Nueva York y compuesta mayoritariamente por irlandeses bajo el mando del general Meagher, que animó a las tropas en medio de la batalla de Bull Run apelando a la más gloriosa victoria de los hijos de la verde Erín.

martes, 17 de marzo de 2009

Los besos que el viento se llevó

Las raíces irlandesas de Margaret Mitchell y de la protagonista de su novela, hija de un irlandés del Condado de Meath que puso a su plantación el nombre de la última sede de los reyes irlandeses, no fueron credenciales suficientes para que la censura dublinesa hiciera la vista gorda y permitiera que Lo que el viento se llevó se estrenara tal y como Selznick la había entregado a los distribuidores, con las bendiciones de la Oficina Hays.

Los primeros espectadores irlandeses se perdieron todos los besos y abrazos entre Rhett y Escarlata, que fueron considerados demasiado apasionados para la sensibilidad de la época y de la población local y, por lo tanto, se suprimieron sin ningún miramiento, así como el parto de Beau y las referencias a la concepción de bebés.

Más de una docena de cortes, suficientes para convertir GWTW en algo incomprensible, como justamente clamaban los distribuidores, que, en un principio, se negaron a que tal engendro se proyectase. El censor no cedió ni un ápice y fue la versión expurgada la que llegó a las pantallas.

martes, 16 de diciembre de 2008

La conexión irlandesa

En 1922, cuatro años antes de que Margaret Mitchell comenzara a escribir su novela sin título, se publicaba un libro fundamental para la literatura del siglo XX: Ulises, de James Joyce. Además de por su técnica narrativa y por sus muchas referencias a Irlanda (la novela transcurre en Dublín), hay un punto de interés especial para los Windies. En el capítulo VII, “De mal agüero, para él”, encontramos una frase significativa:

Gone with the wind. Hosts at Mullaghmast and Tara of the kings. Miles of ears of porches.” ("Lo que el viento se llevó. Las huestes de Mullaghmast* y la Tara de los reyes. Millas de oídos de pórticos.")

Resulta curioso ver en una misma línea las palabras “Gone with the Wind” y “Tara” quince años antes de que quedaran unidas como el título de obra de Mitchell y la casa de su protagonista, Escarlata O'Hara; esta posible “inspiración” en Joyce para GWTW puede no ser tal, porque las peripecias de Leopold Bloom estuvieron prohibidas en Estados Unidos y Gran Bretaña hasta mediados de la década de los 30, y es muy probable que Margaret no llegara a leer el libro a tiempo (si lo hizo en alguna ocasión) para establecer la conexión.


* Mullaghmast, en el condado de Kildare, es una colina con mucha historia y el sitio de una masacre durante la conquista de Irlanda por los Tudor, en 1577.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Raíces irlandesas para una sureña

1037 páginas de novela y 222 minutos de película han generado a su vez multitud de folios dedicados a investigar múltiples aspectos de Lo que el viento se llevó desde diferentes puntos de vista.

David O’Connell, profesor en la Georgia State University, en Atlanta, escogió adentrarse en la presencia de lo irlandés en la obra de Margaret Mitchell.

Sureña y descreída, pero también irlandesa y católica; en estos dos adjetivos se basa O’Connell para un interesante e informativo ensayo, The Irish Roots of Margaret Mitchell's "Gone With the Wind", que explora la influencia del lado materno de la familia de Margaret en la novela. No sólo porque los irlandeses son hábiles narradores, sino porque los Fitzgerald dejaron amplia huella en GWTW: en sus personajes, con ecos de su abuela y sus tías abuelas, que vivieron en la plantación que está en el origen de la Tara de ficción; en las peripecias vitales de su familia y parentela, muy extensa, muchas de las cuales se parecen a hechos que viven los personajes de Gone With the Wind; en sus creencias, tanto religiosas como morales, unidas a una época muy concreta; y en su herencia ancestral, que se plasma en las abundantes referencias a personajes históricos y al folklore de la verde Irlanda.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Dos irlandeses honorarios

Lewis J. Selznick, el padre de David Selznick, cambió el apellido de la familia, Zeleznik, para hacerlo un poco más fácil de pronunciar para los angloparlantes. Llegó a Estados Unidos vía Londres procedente de su Ukrania natal, entonces parte de la Rusia imperial, donde se oprimía a los judíos sin miramientos, y pronto dejó su oficio de joyero para aventurarse en el mundo del cine.

Lewis Joseph no dio a sus hijos un segundo nombre, circunstancia que David remedió unos años más tarde recorriendo el alfabeto en busca de la inicial que le sonara de manera más armoniosa, hasta que se decidió por la “O”. Siempre podía decir que provenía de Oliver, un nombre que le gustaba.

Hitchcock aprovechó la anécdota para North by Northwest (Con la muerte en los talones, 1959), donde Roger O. Thornhill confiesa que su inicial no significa nada (el director juega con el parecido entre la letra “O” y el “0” (cero, nada), pero también es una referencia a Selznick, su antiguo atormentador). También el ficticio productor al que interpreta Tony Curtis en The Mirror Crack’d (El espejo roto, 1980) confiesa que la “N” de Martin N. Fenn no significa nada “pero queda bonita en las marquesinas”.

A lo largo de los noventa años que han pasado desde que a David se le ocurrió elegir la “O” como inicial apócrifa de su segundo nombre, la posibilidad de que veamos el nombre del productor de Lo que el viento se llevó escrito como David O’Selznick (sic) es altísima. Lejos de nosotros el poner en duda la integridad profesional de miles de correctores de pruebas, pero no deja de resultar chocante que el error se siga cometiendo, perpetuándose a sí mismo, por más que “O’Selznick” (sic) no suene en absoluto a irlandés y la genealogía de David no deje lugar a tal equívoco.

Él se tomaba con buen humor que le creyeran un pariente lejano de su más famosa heroína, Scarlett O’Hara, pero es nuestro deber condenar figuradamente a cada perpretador de un “David O’Selznick” (sic) a copiar 1037 veces la forma correcta. Hágannos ese favor y recuerden que es David O. Selznick, David O. Selznick, David O. Selznick...


Paulette Goddard tuvo a su alcance el papel de Escarlata hasta que Selznick cambió sus preferencias por Vivien Leigh. Tan cerca estuvo Goddard de tontear antes de tiempo con Clark Gable (unos años después serían grandes amigos), que Louella Parsons, la columnista más poderosa hasta la llegada a la prensa de Hedda Hopper, comenzó a referirse a ella como “Paulette O’Goddard” en sus artículos sobre la selección del reparto de Gone With the Wind.

Ciertas teorías aventuran que Paulette perdió el papel no tanto por su nebulosa situación marital con Chaplin sino porque Selznick temía que los prejuicios reinantes levantaran un clamor popular (malo para el negocio) ante el hecho de que una judía llegara a interpretar a Escarlata O’Hara: el apellido paterno de Paulette era Levy.

jueves, 7 de febrero de 2008

A la caza del gazapo (III)

Dos errores relacionados con los padres de Escarlata:

En los títulos de la versión original se desliza una errata en el nombre de la intérprete de Ellen O’Hara, al añadir una “l” de más al apellido de Barbara O’Neil (ya le había pasado otra vez, en Love, Honor and Behave (1938), donde también aparece como "Barbara O'Neill").

En la tumba de Gerald O'Hara leemos: "Nacido en el condado de Wicklow, Irlanda, el 2 de junio de 1801; muerto el 14 de noviembre de 1865".

Es cierto que en la película no encontramos ninguna referencia al lugar de nacimiento de Gerald, pero es curioso que Menzies y el ayudante de dirección Eric Stacey, al filmar este plano de las lápidas de Gerald y Ellen no recordaran que en la novela sí que hay indicaciones: "... su voz tenía un marcado acento del condado de Meath", "Te ofrezco la tierra más hermosa del mundo, exceptuando la del Condado de Meath, en el Viejo Continente", "El criado (...) le respondió en una extraña combinación de jerga negra [Geechee] y de dialecto del Condado de Meath..."

Los condados de Wicklow y Meath no son adyacentes... Tal vez algún lector discípulo del profesor Higgins nos pueda aclarar si el acento usado por Thomas Mitchell (que tenía antepasados irlandeses) se acerca más al deje de Wicklow que al de Meath y por ello se prefirió usar el primero como lugar de origen del personaje.

La fecha de la muerte de Gerald es correcta si se sigue la cronología de la película, que cambió el orden de algunos acontecimientos; en la pantalla, la visita de Wilkerson y Emmie Slattery enfurece a Gerald, que parte tras ellos en una galopada mortal. Escarlata, ahora cabeza de la familia, sale luego para Atlanta para engatusar a Rhett y acaba "atrapando" a Frank; el cheque para pagar la contribución de Tara está fechado en febrero de 1866.

En la novela, ya está casada con Frank y esperando a Ella Lorena cuando, a principios de junio de 1866 recibe un mensaje que le comunica la muerte de su padre.

viernes, 4 de enero de 2008

¡Tara!, ¡Tara!, ¡Tara! (I)

El primer nombre escogido por M. Mitchell para la plantación y la casa que Gerald construyó fue “Fontenoy Hall” pero en algún momento lo cambió por “Tara”, quizás más acorde con ese espíritu irlandés que domina la historia y que es una de las principales características de Escarlata, heredada de su padre.

Todavía hoy, en una colina cerca de la orilla derecha del río Boyne, a 21 kilómetros al suroeste de Drogheda, en el condado irlandés de Meath, se puede contemplar lo que queda de la primera Tara. Desde allí gobernaban los antiguos reyes de Irlanda, los descendientes de Niall of the Nine Hostages (Niall de los Nueve Rehenes), que extendían sus dominios por las provincias de Ulster, Connaught y Meath. Allí, en el año 554, se reunió el Parlamento por última vez, en tiempos del rey Diarmid.

Tara está de nuevo en peligro. La proyectada construcción de una autopista en las cercanías amenaza este lugar de gran valor simbólico y arqueológico.


La relación entre Escarlata y Tara es otra de las varias historias de amor de novela y película, la que tiene un sabor más antiguo y al mismo tiempo los matices más modernos. Es antigua porque habla de tradiciones, de herencia, de la madre tierra y de nuestros comunes antepasados agricultores... Es moderna porque es una mujer la que la protagoniza, porque se trata de un proceso de descubrimiento, de un encontrarse a sí misma y de reafirmar una independencia por entonces negada al sexo femenino.

Tara, tal como la describe Margaret Mitchell, no es tan hermosa como Doce Robles, no es el ideal de un aristócrata sureño ni posee la perfección griega que entusiasmaba a los Wilkes. Es el reflejo de la personalidad de su dueño, Gerald, y, por extensión, de su hija mayor.

Escarlata se aparta de la definición de gran dama que había sido válida hasta el momento de la guerra, para bosquejar un nuevo tipo de mujer más acorde con nuestro siglo que con el suyo, pero atada al pasado por los intangibles lazos de la herencia que se concretan en la plantación.

Al comienzo de la historia Tara apenas significa nada para Escarlata. La da por sentada, la desprecia incluso: “No quiero ni Tara ni ninguna otra antigua plantación.”, le dice a Gerald, que de inmediato le hace una advertencia: la tierra es lo único por lo que merece la pena luchar, porque es lo único que permanece, y algún día ella misma sentirá ese amor por Tara, un amor mucho más fuerte y fructífero que el que cree sentir por Ashley, por supuesto, e incluso más satisfactorio que el que Rhett intentó procurarle.

Es lejos de Tara cuando Escarlata empieza a sentir la llamada de la tierra:
“...ahora que estaba lejos de Tara, sentía una gran nostalgia; nostalgia de los campos rojos, y de las verdes plantas de algodón, y de los crepúsculos silenciosos. Por primera vez comprendió melancólicamente lo que había querido decir Gerald cuando afirmó que también ella llevaba en la sangre el amor a la tierra.”

Por el momento es sólo nostalgia, que se desvanece ante el panorama de festejos y actividades de la gran ciudad durante la guerra. Atlanta es mucho más atractiva para ella que la plantación en régimen de producción de guerra, sin nadie que se ocupe de sus caprichos y con Ellen atareada en otros menesteres que atender a las exigencias de Escarlata.

Pero cuando la situación se agrava Escarlata se reserva el último recurso de volver a su casa. En Tara vive todavía Ellen, su apoyo vital, la madre-refugio en los momentos de peligro, la persona sobre cuyos hombros podrá depositar las cargas que tan pesadas le parecen:
“Tara se le aparecía como la salvación. ¡Estaba aquello tan lejos de toda esta miseria! Pensaba en su casa y en su madre como no había pensado en nada durante toda su vida. Si estuviese al lado de Elena, no temería cosa alguna, pasase lo que pasase.”

La promesa que le hizo a Ashley de cuidar de Melania la encadena a Atlanta en contra de sus deseos, hasta que las noticias de un inminente sitio, a las que se añade la incertidumbre acerca de la suerte de la plantación y sus habitantes y sobre todo la salud de Ellen, se desatan en el pueril grito de una niña asustada:
“¡Quiero ir a casa! ¡No puede usted impedírmelo! ¡Quiero ir a casa! ¡Quiero ver a mamá! ¡Le mataré si trata usted de impedírmelo! ¡Quiero ir a casa!”...

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