Escarlata vuelve a los tonos de azul en la secuencia en la que las mujeres esperan a los hombres tras el ataque sufrido por la señora Kennedy en Shantytown.
El peligro está todavía presente, se nota en el aire, y la tensión no descenderá, porque la autoridad llegará para detener a los implicados en la represalia en cuanto aparezcan.
Plunkett diseñó para estos momentos complicados que atraviesa la protagonista de Lo que el viento se llevó un modelo que combina el azul, en la parte inferior, y el blanco, en la superior. La falda es de muselina en azul violáceo, dispuesta en cuatro capas. Escarlata lleva un lazo de satén azul a la cintura; la parte superior es de muselina blanca, rematada con encaje blanco, como el cuello.
martes, 7 de abril de 2009
Penúltimo vestido de la señora Kennedy
lunes, 6 de abril de 2009
Miles de personas para 6 kilómetros de película
A lo largo de la historia del cine ha habido dos corrientes fundamentales que atribuyen la autoría de una película bien al productor o bien a su director. Pero ninguno de ellos puede dejar su huella personal en el producto final si no cuenta con la colaboración de un equipo a sus órdenes, más o menos numeroso. La duración de los títulos de crédito nos hace conscientes de la cantidad de personas que intervienen en la realización de una película, y es una aventura apasionante intentar averiguar a qué se dedica cada una y cuál es el título por el que se le designa.
En los títulos de Lo que el viento se llevó, según la costumbre de la época, se cita al responsable de cada departamento, a los actores principales y a un puñado de actores con frase. Por supuesto, la relación completa de los que estaban en nómina en Loew’s y la Selznick International hubiera dado tiempo a escuchar toda la banda sonora de GWTW mientras sus nombres aparecían en pantalla si se siguiera la pauta actual.
Habría que empezar por las secretarias de Selznick, verdaderas heroínas envueltas en una batalla perdida contra los memorandos, seguir por su secretaria personal, la legendaria Marcella Rabwin, y continuar por el departamento de lectura de guiones y material susceptible de ser llevado a la pantalla, con sus oficinas en Los Angeles y Nueva York… hasta llegar al equipo de publicidad encargado de todos los detalles del estreno y de la exhibición en los meses posteriores.
Contables, abogados, mecanógrafas, costureras, dibujantes, carpinteros, iluminadores, encargados de césped, especialistas en documentación, cámaras, conductores, cuidadores de animales, tramoyistas, operadores de cámaras, directores de reparto, coreógrafos, chicos de los recados, telefonistas… un contingente casi sin fin, enorme y profesional, cuya misión es hacer realidad la visión del director… o del productor, en este caso.
Toda esa gente (y sus sucesores de hoy) se ganaba su sueldo, no cabe duda, y en tareas que a veces nos pueden parecer absurdas a los “civiles”, pero que tienen su significado (además de ayudarnos a ampliar nuestra colección de anécdotas sobre GWTW).
Por ejemplo: alguien se ocupó de calcular cuánto celuloide hubiera sido necesario para filmar toda la novela de principio a fin (un millón de pies, alrededor de 305 kilómetros) y cuántos días habría durado entonces la película (una semana de proyección continua). Al sumar toda la película empleada en el rodaje de Lo que el viento se llevó, la cifra supera esa estimación en 350.000 pies (casi 107 kilómetros), pero quedó reducida a unos meros 20.300 pies (6’2 kilómetros), que es la “longitud” definitiva de la película que lleva la firma de Victor Fleming.
Una bobina de película de 35 milímetros mide unos 1.000 pies y contiene aproximadamente unos 11 minutos… lo que nos lleva a unas 20 bobinas para proyectar GWTW en 1939. ¿Algún proyeccionista a la antigua usanza nos puede confirmar esta estimación? Sí, ya sabemos que hoy la podemos llevar en el bolsillo, pero…
domingo, 5 de abril de 2009
De Michener a Mitchell
En Literary Reflections: Michener on Michener, Margaret Mitchell, Ernest Hemingway, Truman Capote, and Others, James Michener responde con detalle a la clásica pregunta sobre las raíces de la propia producción literaria, las personas y obras que han marcado al escritor, su actitud hacia la novela, la literatura y la vida.
Es un análisis muy entretenido que nos da tanto una perspectiva de la vida del autor de Hawai, South Pacific o Centennial como de la gente y las obras a las que se refiere; Margaret Mitchell se encuentra entre ellas, pues el libro incluye el prólogo que Michener escribió para la edición de GWTW que conmemoraba el 75º aniversario del nacimiento de la atlantina.
Es un volumen muy recomendable no sólo para los Windies más literariamente orientados, sino para los escritores o aprendices de escritores y para los amantes de la literatura.
Y, como añadido, contamos con el prólogo de Dalilah, la novela que escribió el primer marido de Olivia de Havilland, Marcus Goodrich.
sábado, 4 de abril de 2009
"Lo que el viento se llevó" influye en la guerra de precios y de ventas
El extraordinario éxito de ventas de Lo que el viento se llevó en su primer año de publicación sacudió el mundo editorial en Estados Unidos de diversas maneras.
El libro se mantuvo en los primeros puestos de las listas hasta bien entrado 1937, cuando Drums Along the Mohawk, de Walter D. Edmonds, le arrebató temporalmente la primera plaza (también fue dura la competencia con el libro How to Win Friends and Influence People, de Dale Carnegie), pero mantuvo la marca sorprendente de ejemplares vendidos en un determinado tiempo.
GWTW también haría historia en el campo de la propiedad intelectual, pues hasta entonces, con el país fuera del Convenio de Berna, los derechos en otras naciones presentaban complicaciones y agujeros legales que se convirtieron en la pesadilla de los Marsh, que dedicaron casi todo su tiempo a enmendar la situación en ese frente, mientras bregaban por otro lado con la cuestión de los impuestos; este último aspecto no se resolvería hasta años después.
Gone With the Wind fue instrumental, asimismo, en acabar con las guerras de precios: era habitual que ciertos establecimientos rebajaran el precio fijado por la editorial para atraer clientes, que podían así interesarse por otros productos de la tienda; así, cadenas de grandes almacenes y tiendas donde se vendían libros aunque no como producto principal, anunciaban precios cada vez más alejados de los 3 dólares fijados en principio por la novela, hasta llegar a cifras ridículas, con tal de hacer una venta entre los ávidos compradores (nadie quería quedarse sin un ejemplar).
Era una clara desventaja para las librerías “puras”, que pusieron una vez más el grito en el cielo, a coro con Macmillan; los editores comprobaban con estupor cómo algunos libreros no les compraban a ellos, sino a las tiendas donde el precio de GWTW estaba ya por debajo de lo que debían pagar a la editorial.
En 1937 entró en vigor una ley que regulaba la situación: fijaba un precio de venta mínimo e impedía los acuerdos de reventa entre minoristas.
viernes, 3 de abril de 2009
Leslie Howard, Ashley Wilkes
Leslie (o Laszlo) Howard Stainer nació en Londres, de padres húngaros, el 3 de abril de 1893.
Combatió en la Primera Guerra Mundial, lo que le produjo un serio trastorno nervioso cuya cura buscó en la interpretación.
Howard luchó sin demasiado éxito para evitar que se le encasillara como el tópico y típico inglés, sobre todo desde el punto de vista estadounidense, y, a pesar de su aire romántico y casi etéreo, sus conquistas fueron muchas tanto en la pantalla como fuera de ella, aunque también se le describe como un devoto esposo y padre.
Sus primeros éxitos fueron en el teatro, donde alcanzó el estatus de estrella que ya no le abandonaría nunca y que traspasó a las pantallas.
Coincidió con Gable en A Free Soul (Alma libre, 1931), y con de Havilland en It's Love I'm After (1937), años antes de GWTW, película ésta que nunca le interesó demasiado y que probablemente nunca vio completa.
Prefería sus interpretaciones en Of Human Bondage (Cautivo del deseo, 1934), o The Scarlet Pimpernel (La pimpinela escarlata, 1935) y se inclinaba cada vez más por la dirección y la producción, como en Pygmalion (Pigmalión, 1938)...
Leslie regresó a Inglaterra tan pronto como se lo permitieron sus compromisos con Gone With the Wind e Intermezzo, y dedicó su talento (en la industria y fuera de ella) al esfuerzo bélico, con películas de propaganda o modernizando la Pimpinela Escarlata en Pimpernel Smith (1941).
De la misma forma que Vivien Leigh es mucho más que Escarlata O’Hara, Leslie Howard es mucho más que Ashley Wilkes, y por ello invitamos al lector a ampliar sus horizontes, porque Leslie estuvo también en Outward Bound (1930), Berkeley Square (1933), The Petrified Forest (El bosque petrificado, 1936), fue un poético Romeo para la Julieta de Norma Shearer bajo la dirección de Cukor, y nos mostró su vis cómica en Stand-In (Siempre Eva, 1937)…
El 1 de junio de 1943, el avión en el que viajaba desde Lisboa a Londres fue derribado por los alemanes, malogrando una carrera brillante tanto en Hollywood como en Inglaterra, en el teatro y en el cine.
Como hemos visto en otras entradas, gana cada vez más credibilidad la teoría de que su labor mediadora para evitar que España entrara en el conflicto armada le puso en el punto de mira del contraespionaje alemán, y se dio orden de suprimirlo de la forma más expeditiva posible.
Howard no tuvo reparo en confesar que nunca tuvo interés en participar en GWTW, pero que el salario le vendría muy bien para sus proyectos personales y en aquel momento no tenía otras ofertas. Aceptó el papel de Ashley sin mucho entusiasmo, convencido a medias por el señuelo de poder producir Intermezzo, que se iba a rodar al mismo tiempo.
Nunca leyó la novela y, a pesar de conocer el enorme guión, Ashley era para él un personaje incomprensible. Al contrario que Gable, reacio al principio frente a la tarea de interpretar a Rhett, pero relativamente cómodo una vez inmerso en el rodaje, Leslie Howard no acabó de comprometerse totalmente con su cometido.
Profesional hasta la médula y correcto en el trato no causó, sin embargo, demasiados problemas en el transcurso de la producción: lamentos por tener que usar maquillaje, algo que no había necesitado casi nunca pero que el Technicolor exigía, comentarios sobre la diferencia entre su edad y la del personaje y los intentos de Selznick por hacerle parecer más joven y atractivo, o su negativa a aprenderse las líneas que le entregaban después de haber comprobado que pocas veces se rodaba lo que constaba en el guión.
La elección de Howard para interpretar a Ashley Wilkes es para muchos uno de los grandes enigmas de la cinematografía universal. Por lo menos veinte años mayor de lo que el personaje requería, la desgana del actor se deja sentir en la pantalla, aunque su distanciamiento le conviene en gran medida al desvaído Ashley. Howard, que parece estar pensando siempre en otra cosa, tieso como unas enaguas almidonadas y frío como las nieves de Virginia, logra, sin embargo, que ya no podamos imaginarnos a otro actor encarnando a Ashley. En ocasiones existen “errores” afortunados y éste es uno de ellos.
jueves, 2 de abril de 2009
Animación con viento
La fértil imaginación de Tex Avery y de sus guionistas encontró en Lo que el viento se llevó terreno abonado para las referencias en los cortos de animación que formaban parte de una sesión de cine habitual en los años 40, junto con los noticieros, los cortos documentales y, claro está, los largometrajes.
Swing Swift Cinderella (1945) corresponde a la época en que Avery se encontraba en la MGM, por lo que la productora no iba a molestarse mucho si se hacía una mención de GWTW y se recordaba a los espectadores cuál era la distribuidora de la película.
En esta combinación disparatada de elementos de Cenicienta, Caperucita Roja, comedia musical con soldadora-de-día/cantante-de-nightclub-por-la-noche y un montón de cosas más en 8 trepidantes minutos, una atractiva “Cenicienta” llama a su abuela/hada madrina (que está bebiendo martinis acodada en una barra) para decirle que hay un lobo (literal y figurado) en la casa. El hada parte rauda en auxilio de la joven en un scooter, y en el plano sólo queda un cartel en el que se lee: "Gone with the Wind”.
miércoles, 1 de abril de 2009
Sidney Howard intenta retocar el guión
Tras haber entregado el tratamiento inicial del guión de Lo que el viento se llevó unos meses atrás, Sidney Howard volvió a Hollywood el 1 de abril de 1937, dispuesto a efectuar las obligatorias revisiones.
Probablemente pensó que se trataba de una broma del Día de los Inocentes cuando le informaron de que debía trabajar en el guión de The Prisoner of Zenda (cuyo rodaje había comenzado unas semanas atrás), y, si le quedaba algún tiempo libre, adelantar en la adaptación de la novela de Margaret Mitchell.
Sí que tuvo tiempo libre, porque Selznick estaba muy atareado pidiendo alteraciones en secuencias de Zenda que todavía no se habían escrito, tal como era su costumbre, tenía A Star Is Born a punto de estrenarse y le esperaba una complicada junta de accionistas en Nueva York, así que él y el guionista apenas se vieron para abordar Gone With the Wind; además, Cukor estaba lejos, en viaje de exploración por el Sur para empaparse del ambiente y tratar de encontrar diamantes en bruto para Escarlata, Rhett y todos los demás personajes de GWTW, por lo que Howard tampoco pudo intercambiar opiniones con el director previsto en aquellas cuatro semanas de su estancia en California.
El dramaturgo, al que le gustaban las cosas bien organizadas, anhelaba regresar a su granja y alejarse de aquel pandemonium...
